Reseñas



Gota de agua de Daría Roland

Cuando hace unos días abrí la carta de la poeta madrileña Laura Gómez Recas, lo primero que me saltó a la vista fue la bella portada, el buen papel y la pulcra edición del libro que amablemente me enviaba. Instantes después, leí el algo extraño título del poemario: “Zahoríes”, palabra de nuestro viejo castellano influenciado por el árabe. Palabra atezada pues, que ya me hizo presentir la profundidad y la limpidez del manantial.

Y en efecto, una de las características de este poemario es no sólo su caudal poético, sino su manera casi arrolladora de fluir, por paradójico que esto sea, puesto que “Zahoríes” cuenta la sequía y la aridez que reinaron durante cuatro largos años debido a diversas circunstancias existenciales y sociales en la vida de la autora. 

Se apagaron, una a una, las estrellas (p. 21)

Comenzábamos a saber de la lluvia, 
cuando el argumento del cielo nos destruyó (p. 23)

A este período de aridez vivido con una indecible angustia y opresión, podríamos casi llamarlo “una estación en el infierno” ya que también se trata aquí, incluso si las circunstancias de Laura nada tienen que ver con las de Rimbaud, de una prodigiosa "autobiografía sicológica" (Verlaine) escrita con textos diamantinos que hieren con su brillo la – a veces – grotesca y sórdida realidad. 

Una persona puede morir, tanto real como simbólicamente, por el hecho mismo de estar dentro de un sistema inadecuado. Gómez Recas sabe denunciar ese sistema que la asfixia y el libro es también, en grado sumo, un requisitorio contra nuestra dura sociedad y nuestra época aún injusta, violenta y obscurantista. “Zahoríes” es, como toda la buena literatura, un libro crítico. La poeta notifica constantemente su desencanto, su hastío y también una profunda tristeza, un sentimiento de vacuidad, un hartazgo hacia lo que la rodea. Sin embargo, a pesar de la desilusión y la desesperación proclamadas, los sentimientos no se exhiben, no se manifiestan de una manera narcisista o egoísta; sencillamente constatan lo que les ha tocado vivir, y levantan acta. 

Ahora sé que el mundo
se abre fálico y absurdo. (p. 43)

Y , de pronto, fuimos sorprendidos por la vida
árida y seca como fuente angosta y olvidada (p. 52)

Camino entre la mediocridad engreída
y la oscura voluntad del esclavo” (p. 26)

Televisión, trabajo, cuentas rancias
y un camino roído de silencio. (p. 50)

Todo lo que se pone de relieve es profundo y sincero, sin gesticulación ni patetismo. Los materiales poéticos son depurados, limpiados de la escoria de la confidencia indiscreta por un excepcional esmero. Aunque hay momentos en que la voz poética se hace queda, íntima o absolutamente conmovedora como en este bello endecasílabo: 

Tan dañada, quebrada y suplicante (p. 47)

que recuerda con su estremecida enumeración, la que hace Eriphile, un personaje femenino de la “Iphigénie” de Racine:

C’est peu d’être étrangère, inconnue et captive (Acte II, scène l)

En ambos versos aparece claramente el dolor femenino, ese dolor al que bien podríamos llamar el dolor por excelencia, porque es ancestral y universal, ese dolor que tan a menudo ha sido evidenciado por los grandes artistas compasivos. ¿Qué otra cosa es la ópera, por ejemplo, sino la puesta en escena de ese dolor? No es anodino que Laura Gómez Recas evoque con suma fuerza, comprensión y ternura, a las mujeres de su familia y a todas aquellas que las precedieron:

podría repetir mil veces el nombre de mi madre
y la boca cedería el paso al aire incandescente 
del recuerdo (p. 28)

La sombra honesta de los años
acumulados por mi madre
y por la madre de mi madre
y por la que fue de mi padre
y por todas las madres que me precedieron
y que riegan con su sangre
el filamento púrpura de mis ojos. (p. 45)

Esta honestidad femenina a la que alude la poeta es precisamente la que construye el poemario. En ella, y en el inmenso amor brindado por esas mujeres cuyo recuerdo y mandato ético son indelebles, se apoyará la que fue niña amada y feliz, para salir de su quebranto, erguirse, y – minuciosamente, metódicamente, con las humildes herramientas que encuentra a su paso – ordenar los materiales y buscar como buen zahorí la veta de agua, el abundante manantial que sólo es dado encontrar a los tenaces, a los ardientes, a los sedientos de espíritu, ese manantial que calmará su sed y la devolverá a la vida y a la ansiada creatividad:

Hoy he vuelto a embadurnar
las llanuras inmensas de lo blanco

Despertaron ayer las mariposas
al fondo de un inhóspito pasillo (p. 73)

Y con un esfuerzo que roza el heroísmo, poco a poco resucitará la creadora y resucitará la creación:

Acaricio la piel que fue del aire
con un terso camino de latidos. (p. 87)

Quiero emprender caminos y alegrarme (p. 89)

Anunciaré la luz y su osadía (p. 98)

Resurrección y victoria contra lo opaco y lo maligno que la rodea, victoria contra aquellos o aquello que hacen cernirse sobre nosotros las metálicas, aullantes y glaciales amenazas que llegan a hacernos desesperar del hombre y de la vida: 

Pero sólo oigo la confusa voz de la mentira, 
el soliloquio del lobo en la nieve del hambre (p. 58)

el inaudible palpitar del niño sirio,
la sonata de los justos en las vallas (p. 58)

nos quieren muertos
y con ese odio han vaciado los estanques (p. 85)

pero hay humedad en nuestros ojos
y el cilantro acicala nuestras manos (p. 85)

somos ayer, mañana somos,
territorio somos, manantiales,
de la raíz, abono de la espiga
para salvar la vida y la palabra. (p. 85)

La lucha del espíritu es denodada, la afirmación es rotunda, la determinación heroica. La poeta sabe que no está sola, y clama en nombre de los “Zahoríes” que la vida no basta porque la vida sin la libertad, sin lo amoroso y lo espiritual, merece muy poco la pena. Y ansía sobre todo “la palabra”:

Desde el principio, la palabra fue el nutriente
para el hambre ancestral de la sequía. (p. 42)

Anhela encontrar una identidad digna de sus hondos sentimientos 

Debo encontrar mi nombre entre los nombres de todas
las cosas. (p. 86)

El yo busca asidero, explora lo imaginario y se yergue contra la despersonalización provocada por lo baldío y lo inane, por el contacto con “la desidia y el cieno”. La persona, la mujer, la inspirada, quiere reconocerse y ser reconocida, volver a la dicha de la inocencia y de la infancia, sin regresión, con lucidez, sabiendo de donde viene, cuales son los principios que la han forjado y lo que quiere ser, cual es el legado que hay que salvar y cual es el legado que quiere transmitir:

Y así, mi nombre
será al fin voz de sangre abastecida. (p. 101)

“Voz”, dice Laura, una y otra vez, y de eso se trata, de convertirse en una voz poética de indudable esencia femenina. Voz que – como hemos modestamente intentado demostrar – es una voz de primer orden. Una voz que gracias a su incesante búsqueda de zahorí, ha sabido transformar en Destino una experiencia existencial que hubiera podido ser Fatalidad. Esa y no otra es la misión del arte. 

Daría Rolland Pérez
24 de enero de 2022


Daría Rolland Pérez nace en el Valle del Tiétar (Ávila, 1945). Pasa su infancia y adolescencia en Madrid. Acompaña a su esposo francés en sus diversas misiones culturales en el extranjero (Jartum, Singapur, El Cairo, Valencia) y vive largo tiempo en París.

Es licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de la Sorbona, profesora, poeta y traductora.

En colaboración con Jean-Claude Rolland, ha convertido al francés a grandes poetas y narradores españoles contemporáneos. También ha contribuido como traductora a una obra pedagógica destinada al aprendizaje del francés.



Gota de agua de Francisco Caro

Buscadores. Anhelantes buscadores. De la felicidad, del sosiego, de la belleza. Qué otro oficio puede definir mejor a los humanos. No basta respirar para vivir la plenitud. Ni habría poetas sin ese afán de perfección, sin esa tensión. Laura Gómez Recas, poeta, lo tuvo claro cuando las cosas, que parecían calmas y fértiles, atisbaron, allá por 2011, vientos, piedras, los ventisqueros o la aridez, las tormentas de barro o las negaciones. Dice en la “nota de autora” que abre Zahoríes, así titula, que tras aquella crisis, aún no resuelta, vio cómo se abría ante nosotros un periodo sin futuro, cómo estábamos apuntados por un arma cargada con la desconfianza. Y se deshizo en poemas como respuesta. Poemas que le llegaban en cualquier lugar y ella signaba con ávida premura. Prontos generados por la rabia unos, por el desconsuelo otros. Impulsos abocados a la sazón del poema. Así fue creciendo Zahoríes, con el nervio de lo inmediato, con la verdad de lo sobrevenido. Para contar los años de hierro de la década pasada, Laura escribió y guardó, Laura sintió y escribió. En algún sitio, se preguntaba, debe existir la rendija que nos salve. Y no como refugio ante lo oscuro, sino como grieta manantial. Debe haber un lugar de donde surja remedio al aire triste, se debió preguntar. Lo buscó con y por la herramienta del poema: esa horquilla nerviosa que el zahorí, que el poeta, adelanta y ofrece. Perfecta alegoría del que procura con fe. Tal vez pensase es posible vencer la fealdad de lo injusto que reside en las cuevas del desierto (y cito sus palabras): busquemos, busquemos agua, busquemos ser. Así nació Zahoríes. Digo ahora que en él la voluntad de la poeta se impone, dúctil, dura y fértil, y en un decir pleno de armonía y cadencia, atiende a la dicotomía de los adentros y los afueras. El afuera como agresión, el adentro como posibilidad. Son poemas serios, intitulados, de rigor, teñidos en ocasiones con los negros de Goya en la Quinta del Sordo, desafiantes, denunciadores, prestos a la batalla. Caminadores sin miedo de los paisajes que el combate ofrece. Los restos de cuanto fuimos. El símil del mar de Aral, la antesala del desastre que nos espera como sociedad, cunde por el poemario. Léase: el desierto moral y estético con el que nos avisan, una vez y otra, los horizontes. Y, hay que decirlo, esa pequeña linterna que abre en los poemas finales, no logra hacerme olvidar como lector lo visionario y avisador que habita este Zahoríes. Queda intacta, eso sí, sus llanuras de advertencia, su grito de que sólo el individuo, si se busca, socrático, es capaz de salvación. Hay libros útiles. Este es uno. Para eso están las poetas. Para eso están también las poetas.

              Qué bien está editada por Huerga y Fierro –en estos tiempos aún más duros de aquellos en los que fuera escrito– esta búsqueda, este testimonio, este sentido de vida, esta acera, esta estrategia para sobrevivir, este yo de labio y dudas que advierte y busca entre lo calcinado, entre las cosas y las gentes, este libro.

Francisco Caro

Gota de agua de Manuel López Azorín

               Zahoríes se inicia con una nota de la autora a modo de prólogo o introducción donde nos habla de su gestación. El título Zahoríes viene dado metafóricamente al igual que los apartados que conforman este libro cuatro en total además de la Nota y un epílogo, por establecer una simbología  (el agua), que pretende reflejar durante sus cuatro años de gestación, la dramática  situación que vivió la autora, tanto en lo social como en lo profesional, en un tiempo en el que la crisis económica y sus consecuencias desde 2008 afectaron fuertemente en la clase trabajadora, tanto que produjo en ella una sed de agua de salvación  tan intensa que, su búsqueda , dio lugar a, primero un apartado titulado “Desecación”, es decir la supresión del agua que permite aplacar la sed, saciar en ella toda la falta producida por las carencias en la crisis, el abandono, la falta de todo lo necesario para seguir caminando.  

                Así nos dice: “Se encasquilló la bala definitiva, / amante del instante de la derrota / como pulida materia de la muerte.” Pero la vida sigue y ni la crítica, ni la desconfianza en el ser humano que se tambalea, ni la desesperanza frente a la desolación  “Como si fuera un hilo incandescente,/ una incombustible parte del alma/ (que) desea convocar el alboroto de las olas” del agua necesaria para calmar la sed, impide caminar, ahora hacia el desierto “Aralkum”, segundo apartado del libro, en el que inicia un recorrido por el recuerdo de un pasado lejano de la infancia: ”Cuando era niña imaginaba mi historia,/ tobogán repleto de maletas”(…) “Ahora se que el mundo / se abre fálico y absurdo” (…) “Y que no hay agua / más allá del cauce de mis ojos”, y de un  pasado reciente  que entre las dunas recorre el territorio de la duda, la impotencia, la soledad de la mujer frente  a la sociedad patriarcal  y “Ahí velo a mi hija, a su futuro / y a la atroz muchedumbre de gargantas / que castra cada día mi nombre de mujer”.

               En su nota a esta edición nos dice Laura Gómez Recas: “Han pasado seis años desde que publiqué mi último libro.  Incluso antes de aquello estábamos dedicados a la perseverante labor de la búsqueda del agua.” La persistente búsqueda del agua, de la sed de justicia, de igualdad, siempre presente, luego agravada por la situación social, que sufrió la sociedad y que influyó, en lo personal y lo profesional, especialmente en los jóvenes, las mujeres…hombres, dejando a todos con la sensación de vivir en un pozo sin fondo, en un “Acuífero cautivo”, tercer apartado, en el que nos dice: ”Y muero. / Y nadie cree que mi muerte / es algo más que metáfora o viento.” Y este apartado, quizá el más personal, el más confesional, da rienda suelta a todos los fantasmas que nos anidan siempre, con sus reflexiones, sus dudas, sus criticas y sus alabanzas, su mirar alrededor desde dentro para mirarse frente a sí, para tratar de salir del pozo y… sobrevivir, siempre buscando el agua que nos calme la sed, buscando el agua de la vida como los “Zahoríes”, cuarto apartado, una agua de palabras también, que salve: “Bajo la tierra triste y dolorida,/ hay una Arcadia de múltiples raíces, / con letras que aún aman la palabra,/ cauces para el jazmín y para el verso / bajo el vacío territorio de la amnesia.”

               Y “bajo la tierra resquebrajada del desierto”  en el que busca el agua  del alivio, del consuelo, el olvido de cierto resentimiento, se dice: “Somos ayer, mañana somos, / territorio somos, manantiales, / de la raíz, abono, de la espiga/ para salvar la vida y la palabra,” Y quiere recorrer los caminos y alegrarse, avanzar en el desierto, encontrar esa agua que da luz y da vida.

               Y nombra los nombres de las cosas para sacar de ellas la fealdad del mundo, como si las cosificara de nuevo tras el dolor, para alejar el miedo, y rehacer la fuerza que necesita para sí, para su cuerpo, para su mente, para sus ojos, para abrazarse a las palabras  como carne de su carne y sueña tras este cuarto apartado un epílogo de esperanza en el que el agua, que nunca desaparece de forma definitiva sino que se oculta a nuestros ojos, aparece y brota, como brotan las aguas cuando están contenidas y de repente se abren paso: “Las aguas, tan tibias, me amaron/ y olvidaron en la concavidad de mi boca / la simiente voluble de la vida, / un trasiego incesante de palabras /y un depósito de tierra / de succiones fabulosas.”

             Con una polimetría que parte más que de la forma de la búsqueda de la cadencia, del ritmo, Laura Gómez Recas ha elaborado un libro donde predomina la libertad del verso, las imágenes, la decepción, el resentimiento, la impotencia, el grito, la crítica, la nostalgia en el recuerdo de un tiempo sucedido, el amor y su contrario, en una dolorosa travesía junto a acontecimientos generales en una sociedad patriarcal acuciada por una crisis que dejó, por un tiempo, sin el agua de la esperanza.

Manuel López Azorín

Gota de agua de Luz del Olmo

               Laura Gómez Recas es licenciada en Ciencias de la información, Periodismo (UCM), entre otros títulos y es autora de tres libros de poesía: Delante del espejo, Llámame azul y el poemario bilingüe español- portugués, Huella de un caz, junto con   sus escritos  de crítica literaria en antologías y revistas especializadas,  tiene la  valentía de publicar  en  el desdichado 2020, su libro Zahoríes dentro de  la editorial Huerga & Fierro Editores/Poesía.  

              Como buena zahorí que es, viaja con sus palabras, algunas muy especiales que enriquecen sus  versos,  hasta el desierto de Aral o Aralkum,  en  busca de su propia agua, para encontrarse así misma, aunque eso suponga un angustioso dolor  cuando arden las nubes  y  acontecen la duda y la desgracia del cauce porque : 

La oscuridad que habita  en los olvidos
eclipsa  los naufragios y el fracaso
sobre la frágil piel  de nuestros sueños.

               Y de este modo la poeta, nos va dejando  en  su caminar,  palabras bien pensada y colocadas en su justo término, para llevarnos por los senderos de la Desecación o El secuestro del agua y llegar hasta Aralkum, El desierto, donde encontramos  el Acuífero cautivo en La seducción del pozo y así terminamos, ella y nosotros, sus lectores siendo: 

Zahoríes de la inexistencia 
en busca del agua de la vida
perdida en  la grieta de lo injusto.
Zahoríes del rastro en el oprobio, 
en la frontera inútil de lo yermo. 

               Sí, Zahoríes en La ruta del agua

Luz del Olmo